domingo, 22 de noviembre de 2009

EL CONDE DE CUCHICUTE, FIGUEROA Y JAIME ALVAREZ GUTIERREZ.

POR: RAUL PACHECO BLANCO.
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El vestido tiene su propio lenguaje. Por medio de él una persona expresa su manera de ser o la forma en que quiere proyectarse ante la comunidad, bien sea porque le nace o porque deliberadamente quiere enviar un mensaje .
En Santander existen tres casos muy especiales como es el del conde de Cuchicute, el de Luis Enrique Figueroa y el de Jaime Alvarez Gutiérrez.
El conde de Cuchicute se vestía al estilo siglo XIX , cuando ya vivía en pleno siglo veinte. Pero en realidad pertenecía más al siglo anterior, por su manera de sentir y de vivir las cosas. El se creía y se sentía un noble, como todo sangileño que se respete. Y de ahí que primero se consiguió su titulo de conde, que por cierto es el de más alta jerarquía dentro del escalafón de la nobleza, porque el último, el de barón, fue usurpado por nuestros barones electorales.
Y luego de comprar su titulo, quiso que aquello fuera producto de una hazaña, como ocurría antiguamente, pues la nobleza surgió de la clase militar, que a través de las grandes batallas, duelos y hazañas, la realeza otorgaba como premio tales títulos.
Así que el conde no quería llegar por el simple mecanismo de la compra –venta a la conquista del titulo, sino que fuera mediante un hecho en donde estuviera implicada la sangre, que es la protagonista de las hazañas y de los hechos importantes. De ahí que decidiera volarse un ojo y llenar con un parche el cuenco, para darse una fisonomía, que acorde con el traje de gala, el sacoleva, lo identificara. En esa forma lo conocimos, sentado en las bancas del parque Santander, cuando se hospedaba en el hotel Bucarica También vestía sombrero de copa, monóculo, anillos en sus dedos, varita de mango de plata , capa española , levita verde con galones de raso y chaleco de fantasía.
Y murió como tenía que morir, en forma dramática, pues luego de provocar a su mayordomo, seguramente con el mal trato, con la arrogancia noble, con el látigo del terrateniente feudal, lo agarró a machetazo limpio el mayordomo como en las tragedias griegas, para redondear el personaje, que dominó por mucho tiempo la historia de capa y espada de nuestro feudalismo criollo.
Nadie en Santander ha atraído tanto la atención para novelarlo, para escribir biografías sobre él, para tratar de interpretar una época o una región, para tomarlo en todo caso, como un símbolo de la aventura, del señorío feudal, del aristocrático señor que soñaba con su propio reino y con su propio monarca
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Luis Enrique Figueroa en cambio quería proyectar el tránsito del campo a la ciudad.. Y de ahí que se ideó un personaje campesino, pero a su vez bastante citadino, en cuanto a su manera de vestir y de hablar. Su indumentaria era pues, una mezcla entre lo campesino y la clase baja de la ciudad. Se colocaba una toalla, como la de Tirofijo o la de Alvaro Uribe cuando posa como paisa y, los pantalones buscaban la línea que llevaban los camioneros, o los choferes de bus intermunicipal, mientras que los cabellos en lugar de peinárselos en la mañana, se los desordenaba, para que completaran el cuadro del personaje que quería fabular.
Y su lenguaje, era depuradamente campesino o de arrabal, lo mismo que la fonética enderezada a vocalizar el dejo campesino y el acento prusiano o alemán del santandereano. Y de ahí que estuviera en todas partes, nutriéndose de la esencia que le hacia falta para proyectarse. Estaba en los velorios, en las oficinas publicas, en las calles, en los cafés, en todas partes estaba. Y con todo eso se enriquecía. Y por más que Alfonso López quiso encarrilarlo por la diplomacia, para que se puliera, lo envió a Paris. Pero luego se supo, que López Michelsen quería era fastidiar a Mario Laserna, el embajador , quien termino tirando la toalla, antes que aguantar a Luis Enrique Figueroa, como agregado cultural con su indumentaria y su vocabulario de arrabal . Y sobre todo, luego de haberse presentado en una fiesta diplomática en Paris, con poncho de algodón, sombrero de paja, machete al cinto y pantalón de manta. Después de eso , Mario Laserna le dijo a López Michelsen : o él, o yo. Y se fue Laserna.
Desde el escenario del personaje que él mismo creo, Figueroa se burlaba de todo y de todos. Se burlaba del lenguaje pulido, de los vestidos de marca, de los refinamientos. Era la expresión del campesino y del hombre del pueblo, Por eso fue gaitanista en su juventud. Aunque no era un hombre culto, si posaba de tal y se metía en la historia como Pedro por su casa, más que todo para darle un sesgo de chisme, de cuento de alcoba, que del rigor que exigen los textos históricos. Era querido por todos, porque en realidad en la búsqueda de su personaje se acercaba a todos. A nadie le era extraño. Por cualquier parte por donde él se paseara, bien fuera en la zona norte, o en Kennedy, en Terrazas, en Cabecera, en el Girardot, en Campo Hermoso, en el Mutis, la gente decía : ahí va el tuerto Figueroa. Formaba parte del paisaje local. Por eso cuando él murió , fue como si hubieran cortado el árbol de la cuarenta y cinco con veintisiete, o los árboles rosados que florecen todos los años en los marzos.

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En cambio Jaime Alvarez ha querido crear un personaje más ajustado a la literatura, como si saliera de las páginas de una novela, olorosa a aventuras románticas , más parecido en eso al conde de Cuchicute, como que son de la misma región, que de Figueroa .En principio optó por el liquiliqui, como García Márquez.
Desde que en Estocolmo se difundió para el mundo la imagen del escritor que recibía el premio Nobel no en traje de gala europeo, de frac, sino en traje de gala, pero caribeño, en lino puro. Y con la misma candencia con que escribía, se acercó ante el rey de Suecia, para recibir la condecoración que lo acreditaba como ganador del Nobel.
De ahí pues, que el imaginario popular asimiló esa indumentaria como un símbolo, el símbolo del intelectual, del novelista, del escritor, del hombre de biblioteca.
Y la ciudad conoció a Jaime Alvarez cuando pasaba por sus calles muy orondo y muy majo, con su impecable vestido caribeño, llevando debajo del brazo su primera novela, las Putas también van al cielo. Pero luego fue refinando su mensaje, y lo acondicionó a un lenguaje más andino, vistiéndose de blanco si, pero incorporando la corbata y la camisa planchada, mientras que le adicionaba un sombrero talvez aguadeño o muy del campo santandereano. No sé.
Ya con ese nuevo atuendo, se fue saliendo del molde garciamarquiano, para buscar el suyo propio. Y lo encontró. Pero es la expresión del señor, del don de su región, como cuando se llevaban a cabo los procesos por la pureza de sangre. La indumentaria del don, pero también del hombre curtido en la lectura de los clásicos, de la buena literatura y, expresión del hombre que vive detrás de la perfección del lenguaje en la manera de escribir, cuadrando aquello como una partida de ajedrez, como una obra de arte, como si la palabra fueran ladrillos que hay que acomodar para construir un castillo. Cuando se ve por la calle a Jaime Alvarez, con su vestido blanco , su camisa y su sombrero blancos, de una vez lo asimilamos con el señor o el don, pero también con el hombre de letras, el hombre que vive metido en su biblioteca, leyendo y escribiendo.
El ha sido amigo de un lenguaje expresivo , duro y por eso decimos que él se pasó por la faja al izquierdista que había en él, le hizo pistola al mamerto, como se dice ahora, que quería prender la revolución desde cualquier esquina de Latinoamérica. Se pasó por la faja esa versión y se dio otra, la del señor., la del don, la del hombre de letras.
Pero si hay cierta coincidencia entre el conde de Cuchicute y Jaime Alvarez, los separa la diferencia de enfoque , el conde representa a la nobleza, mientras que Jaime representa a la burguesía letrada, pero una burguesía irreverente, liberal, atea, laica. Es como el paso del gaitanismo al radicalismo. Y Luis Enrique Figueroa es muy siglo XX, muy representativo del siglo de las masas.