POR: RAUL
PACHECO BLANCO.
Al leer la novela Federico en su balcón de Carlos Fuentes,
me pregunto dos cosas : un ensayista ,un pensador, es incapaz de soltar esa condición
aún en una novela y es válido sacrificar el género novela , burlando su
capacidad de engendrar vida propia para que solo tenga presencia un concepto,
unas ideas?. Lo cierto es que se trata de una novela de laboratorio, medida en
centímetros cúbicos, que nace de preconceptos y no se empapa de una realidad que la haga vibrar porque sí, porque
viene del fondo de algo. Aquí no, aquí viene del laboratorio, llevada con
precisión científica. Muy brillante si, en cuanto a los planteamientos, por
cuanto Fuentes era un pensador. Y los personajes son demasiado plásticos,
demasiado construidos y desde luego no alcanzan a tener la contextura de carne
y hueso de una Madame Bovary .
Y en el fondo, es el producto de una frustración, de una
desilusión de aquellos que creyeron en algún momento de su vida, que la revolución los salvaría. De
ahí que Fuentes se meta a enjuiciar, a hacer una disección del proceso
revolucionario, en donde la humanidad se despoja de todos los trajes de
etiqueta y queda con el pellejo al aire. Y vienen las traiciones, las jugadas
sucias, las emulaciones, los roces. Nada queda de aquella fe inicial en ideales
que estaban lejos y por los cuales se luchaba sin tregua.
Para alguien con mas recorrido en la extrema derecha, podría
decir que es la disección, en la mesa de
operaciones, del “mamertismo” . Pero no. Es tal el brillo del pensamiento de
Fuentes, que negando si, la naturaleza de la novela, se mete en el mundo conceptual
con mucha fortuna. Y ata ideas, con suma coherencia y lleva adelante sus
propósitos tanto estéticos como conceptuales hasta la excelencia. Ya se ve la
huella del maestro del relato, que se sabe de memoria los hilos que se deben
manejar para lograr la tensión
suficiente que garantiza la atención. Porque evidentemente no se trata de un texto aburrido
ni mucho menos. Tiene tal fluidez, que se va con agilidad.
Ahora, si se trata de salvar algún personaje de la trama que
urde la novela, entonces si se fracasa, porque de allí solo queda la ceniza del
pensamiento, pero no los hígados del personaje que suda y transpira. Desde
luego se trata de un estudio del poder, como tema que atrae a más de un autor,
con esa inquietud y con esa desazón que siempre han tenido los escritores con
relación a los políticos, a quienes no les perdonan ese “animus imperandi” y, luchan
por extirpar ese cáncer maligno en el organismo social.
El escritor siente envidia del político, porque le quita espacio que el político gana en la realidad, cuando el escritor solo
se bate con ficciones, con hechos de papel. Eso no lo perdona el escritor.
Siente celos de que el político pueda moldear una materia tan difícil como la
realidad y que pueda manejar unos personajes de carne y hueso que al escritor
le cuesta trabajo hacer en su relato y que el político los maneja con mayor
audacia hasta ponerlos a hacer lo que él quiere. Al escritor o novelista se le
escapan muchas veces esos personajes y termina no perdonando al político que
difícilmente se equivoca en el conocimiento de los hombres y de los
acontecimientos.
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